Psicología: Los límites a nuestro hijos

Por Beatriz Zaiat | Fuente: “Guía práctica para evitar gritos, chirlos y estereotipos” - UNICEF

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Cuando hablamos de los límites en la crianza, nos referimos al proceso de enseñanza que realizan los adultos, en el cual les explican a los niños las cosas que se pueden o no se pueden hacer, los lugares y los momentos en que deben hacerlo.

Los bebés y niños pequeños tienen una visión egocéntrica, sienten y piensan que son el centro del mundo y, de algún modo, lo son para las madres y los padres en los primeros meses de vida.

La completa dependencia de los bebés respecto de sus madres o cuidadores obliga a los adultos a responder constantemente a las demandas de ellos.  Como no hay comunicación verbal cuando son bebés, se debe responder rápidamente a sus requerimientos de alimentación, higiene o sueño.

En la medida que crecen, la familia empieza a establecer algunas pautas o límites, si bien los límites existen siempre, ya que los impone la sociedad, la vida cotidiana, el propio cuerpo. La familia es la primera que pone límites al niño, ensenándole que ciertas conductas tienen que darse en determinados momentos y lugares.

Un límite es como un dique, un borde, una barrera. Es un marco de referencia donde el niño y la niña pueden manejarse con libertad, sin riesgos. Brinda un soporte o sostén donde apoyarse.

Por eso, los límites son necesarios y constituyen una forma de expresar cuidado y amor. Contar con límites que son explicados con claridad, ayuda a los niños y niñas a fortalecerse emocionalmente.

Cuando, como madres y padres les ponemos límites, los ayudamos a que aprendan a esperar, preparándolos tanto para tolerar las frustraciones que tendrán en sus vidas como para buscar recursos y alternativas a aquello que desean y no pueden satisfacer en ese momento. Si ahora aprenden a esperar para hacer lo que quieren, podrán transitar con más herramientas la vida adulta.

En la medida en que niñas y niños aprenden a tolerar la frustración, a aceptar el “no” y a demorar en tiempo y espacio la satisfacción inmediata de sus necesidades y deseos, pueden dejar de sentir que son el centro del mundo, propio de su edad, y empezar a compartir con otros. Al aprender a controlarse a sí mismos, aprenden a reconocer, respetar y dar lugar a las necesidades de los demás, y dejan de imponer y reclamar sus propios intereses a través de llanto, gritos o berrinches.

Para ello, es necesario mantener los roles de cada integrante de la familia, tanto de los grandes como de los chicos. Las madres y padres tenemos una responsabilidad en la crianza de nuestros hijos y somos quienes respondemos por ellos y los cuidamos, aunque a veces no les guste. Mantener una relación cercana, de confianza y comunicación no quiere decir que seamos sus amigos: somos sus madres, padres o cuidadores y, desde esos roles, podemos ejercer una autoridad sin autoritarismo.

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