SV | A Emilie Schindler, con amor.

Por Melanie Berardi | El 24 de febrero de 1994 se estrenaba la película "La Lista de Schindler", que contaba la historia de la vecina sanvicentina Emilie Schindler en la Alemania nazi. Hoy, Leonardo Cosiforti, un vecino de San Vicente, nos cuenta sus vivencias al lado de la abuelita alemana que salvó a 1.200 judíos de una muerte segura.

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Emilie Schindler junto a Leonardo Cosiforti.

Era el año 1989. Unos aplausos interrumpen el silencio de la tarde. Allí, en la casita blanca de San Martín al 300, Leonardo Cosiforti esperaba, temeroso, que salga la alemana.

Su trabajo en la fábrica de filtros no le alcanzaba para cuidar a su familia como quería, y la anciana pagaba bien por las changas. Una vez, el joven había acompañado a su primo político a esa casa para cortar plantas, y se entusiasmó con el trabajo y con la paga. Pero el primo no siguió, encontró un laburo más fijo, y entonces ahora él era quien se animaba.

La anciana salió y lo miró con una desconfianza que se reflejaba perfectamente en sus ojos azules. Leo la saludó amablemente y le explicó quién era, que ya había venido antes, que se ofrecía para cortar el pasto y hacer trabajos de jardinería o de lo que ella necesitara.

-¡Ah, sí!, pero ahora no tengo nada- contestó la señora.

“Así me hizo ir dos o tres veces hasta que me dijo ‘pase’, ahí empezó la confianza”, relató Leo con una sonrisa.

Ahora está sentado en el patio de su propia casa, esa que asegura que Emilie lo ayudó a construir. Frente a él, fotografías, revistas, diarios y libros cubren la mesa. Y un ejemplar que él guarda firmado por ella.

Así empieza durante una entrevista con Al Sur el homenaje de Cosiforti a su amiga, la gran Emilie Schindler, a quien describe como una mujer desconfiada, brava de carácter, pero muy generosa con aquellos que la conocieron. Recuerda que sus manos eran firmes y que evidenciaban el trabajo de toda su vida. Ella le tomó cariño como a un hijo y lo acogió rápidamente como miembro de su familia. “Por ser una mujer grande, tenía un carácter joven”, destacó.

Leo trabajó diez años para Emilie, pero cortar el pasto y mantener cuidada la casa ya era una parte muy pequeña de lo que llegó a hacer por ella. La acompañaba a hacer sus trámites, a cambiar el dinero que le otorgaban distintas instituciones en reconocimiento por haber salvado a más de mil judíos de las manos del ejército nazi, la apoyó en sus momentos de mayor necesidad económica y se quedó con ella hasta los últimos momentos de vida.

Entre las fotografías que atesora se observa a Emilie estrechando la mano del ex presidente norteamericano Bill Clinton y firmando los libros que cuentan la historia de su vida. Pero él se detiene en las imágenes que muestran a la otra Emilie, a la que él recuerda con tanto cariño. Esa abuelita tierna que festejó la comunión de los hijos de Leonardo, que sonríe detrás de una torta de cumpleaños, que disfruta de un día de sol entre los chicos o de un almuerzo con la familia.

Y vuelve a rememorar, agradecido, la generosidad de la mujer: “A mí me ayudó un montón (…) por ahí yo ganaba 600 pesos, me pagaba, y por ahí me daba mil pesos más, yo me negaba y me decía ‘para tus hijos, guardá, no seas tonto’”. Asegura que él le debe la mitad de su casa porque por ella pudo construirla en un año.

Como dato de color, la alemana pasó momentos de mucha necesidad económica, pero siempre se gastó el dinero en sus animales: llegó a tener alrededor cuarenta gatos, perros, gallinas, cerdos y hasta nutrias.

Hoy, en una pared de la casa de Leo descansa la vieja máquina de cortar pasto, mientras que una cocina es conservada entre los árboles frutales que Emilie lo ayudó a plantar. Simplemente son objetos que hacen que él no pueda ni quiera olvidarla.

De Alemania a San Vicente

Emilie Pelzl de Schindler nació en 1907 y se casó con Oskar Schindler en 1928. Tras el histórico rescate de 1.200 judíos en Alemania, el matrimonio quedó en la ruina y en 1949 se fue a vivir a una quinta ubicada en la calle Viamonte, en San Vicente. Luego de varios intentos de recomponerse económicamente criando animales, Oskar viajó al país de origen y abandonó a su mujer a su suerte. Mientras estuvo en San Vicente, el hombre “le traía las amantes y ella era una sierva”, relata Leo.

Pero Emilie continuó allí criando cerdos para tratar de pagar las deudas que el esposo le había dejado. Iba hasta la Quinta de Perón con un carrito a juntar pasto para darles a los animales, hasta que se vio obligada a vender su terreno. Entonces, la organización filantrópica judía B´Nai B´Brith le compró la modesta casa en la que vivió hasta un año y medio antes de morir.

La lista de Emilie

El pasado 24 de febrero, la célebre película norteamericana “La Lista de Schindler” cumplió 23 años de su estreno. Este film dirigido por Steven Spielberg resultó ganador de siete premios Oscar, que incluye las categorías “mejor película”, “mejor director” y “mejor banda sonora”.

Cuenta la historia del exitoso industrial alemán Oskar Schindler, quien logró rescatar unos 1.200 judíos de las cámaras de gas. El empresario mantenía una estrecha relación con comandantes del ejército nazi que le permitieron reclutar mano de obra judía gratis -sólo debía darles de comer- para su fábrica en Polonia, y que luego, con el avance del Ejército Rojo, trasladaría a Checoslovaquia.

“La alemana de los gatos”, como se la conocía popularmente en San Vicente, pasó desapercibida como una vecina más hasta el furor de la película. Emilie tiene contadas apariciones en la cinta, donde se centra principalmente en enaltecer las hazañas de su marido entre jerarcas nazis y amantes. Sin embargo, nunca tuvo el reconocimiento por su altruista labor en la lista: ella era, ni más ni menos, la encargada de conseguir los alimentos, medicamentos y ropa para los trabajadores judíos, y de asistir a los obreros enfermos en un sanatorio instalado en la fábrica. Cambiaba vodka o cigarrillos por carne en el mercado negro alemán, pero fue, como de costumbre, una mujer invisibilizada más de la historia: en la realidad y en la ficción.

Emilie le relató a Leo las crueldades de la guerra, del hambre, del frío y de la desesperación por escapar. Vio la película junto a ella cuando recién se había estrenado, en una sala privada sobre la calle Montevideo, adonde asistieron invitados famosos, entre ellos el ex presidente Carlos Menem.

“Más allá del negocio que se quisieron mandar y les salió mal, porque ellos tenían una fábrica de enlozado y después empiezan a fabricar municiones (…)  salvaron vidas como sea, porque en esa época los judíos no tenían importancia”, explicó Cosiforti.

“Los periodistas venían como moscas”

Con el furor de la galardonada película y el conocimiento de que Emilie Schindler vivía a 50 kilómetros de la Capital, los periodistas no tardaron en aparecer en la puerta de su casa con miles de promesas, buscando algún negocio.

Leonardo Cosiforti lo recuerda con pesar y cierto rencor hacia quienes considera oportunistas, porque entre nota y nota se valieron de la mujer para aumentar sus ganancias, sin que ella viera cumplida alguna de las promesas.

Al parecer, a Emilie le correspondían seis millones de dólares por los derechos de la película, pero sólo cobró cincuenta mil, y a cuentagotas. “Todos muebles viejos tenía (…) esta mujer tenía que tener un palacio”, opina, aunque admite que llegó a ser el centro de atención entre la prensa. “Ella se quejaba, pero yo sé que en el fondo le gustaba”.

Sus últimos días

Luego de dos fracturas de cadera que la llevaron a la internación y con el dolor constante de los huesos, Emilie pasó su último año postrada en una cama. Leonardo se acuerda que la anciana ya casi no hablaba en castellano y que ellos, junto a Isabel Bozzetti, la cuidaban.

“Era muy inquieta, tenía el andador pero tenía algo en los huesitos, y no comía nada, y sufría, no sabés lo que sufría”, describe.

Meses más tarde la llevaron a un geriátrico en San Miguel y después la trasladaron a Berlín, donde ya muy deteriorada, falleció en 2001.

Leonardo mira las fotografías de una amiga sonriente y querida públicamente, y revive así el dolor de enterarse de su muerte.

Había dejado de trabajar para ella ese último año y medio. Las personas que la frecuentaron tras la película lo echaron sin mediar palabra, no cobró un peso de su sueldo y tuvo que buscar un nuevo trabajo. Pero lo más doloroso fue -según Leo- no verla más, no saber dónde la tenían para poder ir a visitarla. Sus últimas vivencias son con una Emilie muy desmejorada.

Con una mezcla de alegría y tristeza, afirma Leo: “Ella era muy especial, yo compartí muchas cosas con ella y no me da vergüenza decirlo (…) Yo lo único que rescato es que mis hijos el día de mañana digan ´bueno, mi papá cuidó a esta señora´, eso es lo único que me llevo”.

Sin un lugar físico cercano donde dejarle una flor o rendirle un homenaje, Cosiforti se rodea de sus fotos, revistas y libros en los que se los menciona juntos, algunos obsequios que ella le trajo de sus viajes y sus memorias. “Yo le decía ‘usted es de otro planeta, con todo respeto, usted es una marciana’”, expresa Leo entre risas.

De las penurias de la guerra al peligro constante que la perseguía en busca de comida para los trabajadores judíos, del exilio a un país desconocido al abandono de un esposo irresponsable, de la labor incansable al sentimiento de supervivencia que la caracterizó, del dolor físico al cariño con que Leonardo e Isabel la cuidaron, de la falta de reconocimiento a la dulzura y la generosidad que encontró en sus vecinos y amigos, Emilie quizás halló lo que más valoró en su vida: una familia.

De Leonardo, un homenaje a su amiga Emilie Schindler, con amor.

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