San Vicente | Llega el fin de año. Se acercan las fiestas y con ellas una especie de psicosis colectiva de comprar y acopiar mercadería, como si se tratase del fin del mundo. Esta sociedad contradictoria en la que vivimos (y hasta un poco enferma) parece no diferenciar entre lo bueno y lo malo, en lo que hace bien y lo que hace mal. Llegan las fiestas y con ella esa insoportable mochila de ruidos y estruendos que acarrean los fuegos artificiales.

El año pasado, el Concejo Deliberante de San Vicente tuvo la oportunidad histórica de convertir en Ordenanza un proyecto del concejal Andrés Lorusso, sobre la prohibición de la pirotecnia en todo el ámbito del distrito, pero algo hizo que en la Comisión que trató el tema, modificaran la letra y votaran una ordenanza que permite estruendos hasta 85 decibeles. Nunca supimos si fue miedo a una demanda u otra cosa, pero lo cierto es que el tren pasó, y San Vicente se quedó en el andén.

Las personas con autismo o epilepsia son las que más sufren por esta práctica sin sentido.

Las personas con ciertos trastornos, como autismo o epilepsia son las que más sufren de esta práctica subnormal, que afecta también a miles de animales que, hasta encuentran la muerte, como es el caso de perros y aves. Pero no importa. Es mucho más importante quemar dinero comprando explosivos y demostrar que familia es la más importante del barrio.

El estado debería jugar un papel muy importante en controlar la venta de pirotecnia. Y digo “debería”, porque realmente nunca hizo nada para hacer cumplir la ley provincial que regula la venta de estos elementos.

Es de público conocimiento que el comerciante que desee vender pirotecnia debe tener el permiso de los Bomberos de la Policía Bonaerense, comercializarla en un local exclusivo y con las medidas de seguridad necesarias y venderla a mayores de 16 años, pero nada de esto se cumple. Llagan los últimos días de diciembre y pululan los kioscos que venden pirotecnia y hasta gazebos en la vía pública ofreciendo a viva voz la mercadería.

Sin ir más lejos, todos los años se vende pirotecnia en la vereda de la misma manzana donde está emplazado el Municipio, a la vista de todos, pero nadie hace nada. El año pasado, ese “local” era custodiado por dos policías locales, que también deberían instruirse en que está permitido y que no, pero bueno, es lo que la naturaleza les dio.

Vecinos acusan de “inoperante” al Municipio en el tema de los humedales.

Este año no esperemos, al menos del Gobierno saliente, el cumplimiento de las normativas vigentes. Esperemos que la nueva administración ingrese con el pie derecho y comience a cambiar la realidad del distrito, que en materia de control es un desastre. Acá la preocupación pasa en avalar negocios de particulares que en controlar el cumplimiento de las normas.

Para muestra hace falta un botón, pero en San Vicente tenemos una caja llena de ellos: se están rellenando los humedales; se está construyendo un centro comercial en el ejido de la Laguna; los camiones con sobrecarga han destruido la avenida Rivadavia y otras calles de la ciudad; las motos con escapes libre, conducidas por menores y en muchos casos robadas irrumpen a cada momento del día, pero el Municipio mira para el otro lado.

Nicolás Mantegazza va a tener la oportunidad histórica de comenzar a cambiar realidades en el distrito, y la de controlar la venta de pirotécnia sería una muy buena forma de comenzar a ganar simpatías.